Cuando el año cambia… y tú sigues ahí
Anoche cambió el año.
A las doce en punto.
Desde una habitación de hospital.
Silencio absoluto.
Ni coches, ni ruido, ni petardos.
Solo una luz tenue, el sonido de una máquina y el tiempo pasando despacio.
En otros sitios la gente brindaba, se abrazaba, reía.
Como debe ser.
Como siempre ha sido.
Aquí no.
Aquí el cambio de año fue distinto.
Más crudo. Más real. Más verdadero.
Y no pasa nada por decirlo.
Lo que damos por hecho… hasta que deja de serlo
Hay cosas que creemos normales hasta que la vida las mueve de sitio.
Estar en casa. Dormir. Salir a cenar. Desear “feliz año” sin pensar demasiado.
Anoche entendí, otra vez, que lo cotidiano es lo más valioso que tenemos.
Eso que no se valora cuando está… y que se echa de menos cuando falta.
Miré por la ventana justo a las doce.
Nada.
Una calle vacía.
Un año nuevo entrando en silencio.
Y pensé en lo rápido que cambia todo.
En lo poco que controlamos.
En lo frágiles que somos, aunque vayamos de fuertes.
Los mensajes que llegan… y los que importan de verdad
El móvil no paraba.
Mensajes de “feliz año”, audios, grupos, bromas, brindis a distancia.
Contesté. Claro que contesté.
Con cariño. Con educación. Con una sonrisa que nadie ve.
Pero hubo otros mensajes que pesaron más.
Los de verdad.
“¿Cómo está el abu?”
“¿Te quedas tú esta noche?”
“Mañana voy yo.”
Esos son los mensajes que sostienen.
Los que no hacen ruido, pero lo dicen todo.

Estar no es un gesto. Es una decisión.
Esta noche me tocó a mí.
O quise yo.
Da igual el orden.
Nuria y Patricia están en otros momentos del día, noche..
Y estarán las que vengan.
Porque aquí no hay turnos, hay compromiso.
No hay heroicidades, hay familia.
Estamos los tres.
Al frente.
Al pie del cañón.
Y eso, aunque duela, llena.

Un poco de humor, porque así soy
En mitad de todo, a menos cuarto llegó una foto al grupo del Boscos.
Dos, que son de andar, bailando, sonrisa incluida.
Me reí. De verdad.
Y contesté lo primero que me salió:
“Muy bien, pero sepáis que todavía soy el último que no ha llegado a casa.”
Ellos saben.
Yo sé.
Y nos entendemos.
Porque la vida también va de eso.
De no perder el humor cuando aprieta.
De mirar lo duro con una sonrisa torcida.
De no dejar que la situación te robe quién eres.
Empezar el año así también enseña
No era el plan.
Nunca lo es.
Pero empezar el año aquí me ha recordado algo que no quiero olvidar:
Que estar es más importante que celebrar.
Que acompañar vale más que mil palabras.
Que la actitud no cambia lo que pasa… pero sí cómo lo atraviesas.
Y que cuando los momentos no pintan bien,
mirarlos de otra manera no resta.
Multiplica.
Una lección que no esperaba
Y antes de cerrar, una cosa que no quiero dejar fuera.
Esta noche he visto algo que no había vivido nunca.
Un 31 de diciembre y un 1 de enero dentro de un hospital.
Mientras fuera el mundo celebraba, aquí los sanitarios entraban habitación por habitación.
Con una sonrisa.
Felicitando el año.
A todos por igual.
Al enfermo.
A la familia.
Sin prisas.
Sin gesto torcido.
Sin que se notara que era una noche especial para ellos… aunque lo fuera.
Y ahí te das cuenta de algo.
Eso no es solo trabajo.
Eso es vocación.
Eso es humanidad.
Porque lo he visto otros días, en jornadas normales.
Pero hacerlo esa noche, cuando sabes que podrían estar en casa, con los suyos, y aun así entrar con esa actitud… se te cae el alma.
Gracias.
De verdad.
A las enfermeras, auxiliares, médicos, trabajadoras sociales.
A todos los que esta noche han estado aquí sosteniendo sin hacer ruido.
No saldrán en ninguna foto.
No brindarán con uvas.
Pero sin ellos, muchas noches serían imposibles.
Y eso también es empezar bien el año.
Reconociendo a quienes lo dan todo cuando más cuesta.
No sé qué traerá este 2026.
Nadie lo sabe.
Pero sí sé cómo quiero vivirlo:
presente, agradecido y sin dejar de estar cuando toca.
Y si a alguien que lea esto le sirve, aunque sea un poco,
ya habrá valido la pena escribirlo aquí,
a las doce y algo de la noche,
cuando el año cambió…
y yo seguía ahí.
Feliz año.
De los de verdad.


