Martes, 11 de noviembre de 2025.
Viaje a Zaragoza. Cinco reuniones importantes. De esas que te dan energía, te hacen pensar que el camino es el correcto. Zaragoza se está convirtiendo poco a poco en una plaza habitual, una ciudad donde cada vez me muevo con más soltura. Un día productivo, completo. De esos en los que vuelves a casa con buena sensación.
A eso de las 18.00, ya de noche, emprendí el regreso.
Y lo que tenía que ser un viaje tranquilo se convirtió en uno de esos momentos que te ponen la vida delante sin filtros.
Los fogonazos que me salvaron
A unos diez kilómetros del peaje de Marcilla pasó algo que me descolocó.
A la izquierda, viniendo por su sentido correcto, un camión avanzaba hacia mí lanzando fogonazos sin parar. Luces de abajo, luces arriba, una detrás de otra. Era tan llamativo que reduje la velocidad casi sin pensarlo.
Ese gesto, aparentemente mínimo, es hoy la razón por la que puedo contarlo.
Justo después de adelantar a un coche y continuar por el carril izquierdo, apareció delante de mí un vehículo completamente destrozado, cruzado y ocupando por completo mi carril. Ese coche acababa de chocar frontalmente con otro que circulaba en dirección contraria dentro de la autopista, invadiendo nuestro sentido.
El coche que iba delante de mí fue el que recibió el impacto.
Si él no hubiese estado ahí, habría sido yo.
Y si yo no hubiera frenado antes gracias a los fogonazos del camión, no habría tenido ninguna opción.
Frené como pude, los cascotes golpearon el frontal, y logré girar hacia la derecha hasta detener el coche.
Ahí entendí lo que significa que no haya margen.

La escena que no se olvida
Me bajé del coche.
Pararon también dos o tres vehículos más, entre ellos una furgoneta de mantenimiento.
Fuimos directos al coche que ocupaba mi carril.
Sacamos a un hombre muy malherido.
Lo tumbamos en la mediana, sangrando, temblando, desorientado, sin poder mover la parte inferior del cuerpo. Hacía frío. Le pusimos ropa encima. Le ayudamos a llamar a su familia para tranquilizarlos.
El otro coche, el que había invadido la autopista en sentido contrario, estaba destrozado. Apenas se podía acceder.
Con la linterna del móvil recorrí varios metros de la mediana buscando si alguien había salido despedido. Fueron segundos que parecieron horas.
Paró un francés, médico, y logró comprobar el pulso del conductor del otro coche.
Confirmó que había fallecido.
No hay forma de borrar esa imagen.

Veinte minutos de eternidad
El tráfico seguía pasando demasiado rápido.
Los operarios señalizaban como podían.
Intentábamos frenar a los coches a golpes de manos.
Yo seguía junto al herido, dándole la mano, intentando tranquilizarlo.
Los servicios de emergencia tardaron unos veinte minutos, pero para los que estábamos allí… fue una eternidad.
Cuando llegaron Policía Foral, ambulancias y bomberos, todo se activó.
A mí me tocó quedarme casi hora y media: declarar, firmar, revisar el coche. Tenía desperfectos en el frontal e inferior y pensé que no podría conducir. Pero eso era lo de menos. Pude continuar.
El miércoles por la mañana me volvieron a llamar para más detalles.

Cerrar el círculo… o intentarlo
El viernes quise dar un paso más.
Intenté contactar con el hospital para dejar mis datos por si el herido quería saber que me había preocupado por él. No fue posible. Lo entendí, pero me quedé con la sensación de que era tan sencillo como trasladarle mi nombre.
Horas después, una casualidad: me llamó un empresario que lo conocía.
Me dijo que había buenas noticias, que todo apuntaba a que iba a recuperarse.
Quizá un día podamos hablar.
Quizá la vida nos cruce.
Lo importante es que está vivo.
Un amanecer distinto
El miércoles amaneció con una luz espectacular.
Uno de esos cielos que te obligan a parar.
Y pensé:
“Qué suerte tengo de poder ver esto.”
Ese amanecer no era una foto bonita.
Era un recordatorio.
Una llamada de atención.
Una forma de decirte: sigues aquí.

Una enseñanza que también se comparte
Esta semana, por circunstancias, se lo conté a Sandra.
Y al poco rato me llamó Raúl, atento como siempre. Me escuchó, guardó silencio un par de segundos y me dijo:
“Ya sé lo que vas a escribir este domingo.”
Y tenía razón.
Porque estas cosas no son para guardarlas en un cajón.
Son para compartirlas.
No para crear drama ni hacer ruido, sino para recordar lo que todos sabemos… pero que la vida nos obliga a repasar cada cierto tiempo.
Que somos frágiles.
Que estamos de paso.
Y que cada día cuenta más de lo que creemos.
Lo que de verdad importa
Víctor Küppers siempre dice que él no cuenta nada nuevo, que lo que dice ya lo sabemos.
Pero que hay que recordarlo.
Porque se nos olvida.
Y tiene razón.
Nos enfadamos por llegar cinco minutos tarde.
Por un mensaje sin contestar.
Por un comentario tonto.
Por una mala cara.
Por una reunión densa.
Por cualquier cosa pequeña con la que nos hacemos daño sin necesidad.
Pero la vida no va de eso.
Va de que un martes cualquiera puedes estar a un segundo de no volver a casa.
Va de agradecer más, de enfadarse menos, de no vivir en automático.
Va de ser más consciente.
De querer mejor.
De recordar lo frágiles que somos.
Yo no escribo esto para hacer morbo ni sensacionalismo.
Escribo porque, si esto que viví le sirve a una sola persona… ya vale la pena.
Estamos aquí de regalo
Lo siento mucho por la persona que falleció.
Nadie sabe qué ocurrió.
No me corresponde juzgarlo.
Y deseo con toda mi alma que el hombre al que ayudamos se recupere pronto.
Yo, por mi parte, seguiré intentando vivir como si cada amanecer fuera especial.
Porque lo es.
Vive, disfruta, abraza, ríe más, perdona antes y no te comas la cabeza por lo que no importa.
Estamos aquí de regalo.
A veces la vida te frena solo para recordártelo.
P. D. (18-11-25)
El domingo recibí una llamada que todavía me sigue removiendo.
Era el hombre al que atendimos en la autopista.
Le habían pasado mi teléfono —gracias a Txomin— y quiso hablar conmigo.
No para recordar lo duro del momento, sino para agradecerlo.
Hablamos con calma.
Me dio las gracias una y otra vez, y yo le repetí algo sencillo y sincero:
que hice lo que cualquiera haría, lo que él habría hecho si la situación hubiera sido al revés.
Me contó que el lunes le operaban.
Que estaba con fuerzas, con ganas, y que confiaba en recuperarse pronto.
Tiene vitalidad, tiene carácter… y eso vale mucho.
Quizá algún día coincidamos de nuevo, sin ruido y sin prisa.
Pero esa llamada ya fue un regalo.
Otra señal de que la vida, a veces, coloca a las personas en el camino justo cuando toca.


