Tres generaciones, un mismo latido
Hay días que parecen normales… hasta que no lo son.
Ayer, sábado 22 de noviembre, fue uno de esos.
El abu no está pasando su mejor momento. Hospital, rehabilitación, incertidumbre, cansancio… lo que ya conté ayer. Pero también está pasando algo más: seguimos juntos. Seguimos compartiendo vida. Aunque sea así, aunque duela, aunque cueste.
Y por la tarde tocaba ver el partido.
No importa dónde estemos ni cómo estemos.
Eso no se negocia.
Montamos el portátil, colocamos su silla, ajustamos las mantas y empezamos a verlo. Y ahí estábamos los dos, como tantas veces, aunque ahora la vida nos haya movido de sitio.

El nieto, mientras tanto…
Mientras nosotros veíamos el partido desde una habitación blanca, Andoni lo vivía desde la grada, rodeado de su gente, vibrando como solo se vibra cuando eres joven y todo se siente el doble.
Luego vi una imagen y me fijé en un detalle que me hizo sonreír:
entre toda aquella marea oscura de cazadoras, él era el único que llevaba un polo con las letras rojas, ese toque suyo tan personal.
Único. Diferente. Con carácter.
Como tiene que ser.
Y pensé:
“Ya está. Ya lo tiene dentro.”
Porque esto no se enseña.
Se hereda sin querer.

La vida entre generaciones
Ayer éramos tres generaciones unidas por lo mismo.
Uno luchando desde una silla.
Otro sosteniéndole desde un lado.
Y otro dejándose la voz en la grada.
Cada uno en un lugar distinto.
Cada uno con una vida distinta.
Pero los tres conectados por algo que nos ha acompañado siempre.
A mí me removió por dentro.
Porque me vi a mí mismo de pequeño, agarrado de la mano del abu, entrando al estadio.
Me vi saltando, gritando goles, volviendo afónico a casa.
Y ahora veo a mi hijo haciendo lo mismo.
La vida pasa, claro que pasa.
Pero hay cosas que no cambian.
Y menos mal.
Una foto que lo resume todo

Esta foto no es bonita.
Es verdadera.
Es un “aquí seguimos”.
Es un “no te suelto”.
Es un “todavía tenemos cosas que vivir”.
Y sí, cuesta. Porque cuando la rehabilitación no avanza, cuando el cuerpo no acompaña, cuando hay que asumir lo que viene… duele. Mucho.
Pero incluso en días así, hay espacio para lo importante: estar.
Porque a veces eso es todo lo que se puede hacer.
Y es suficiente.
Y para rematar… la guinda del día
Hoy, ya más tranquilo, a la vuelta del Boscos y justo después de ver a Maialen —que por cierto, vaya golazo ha metido— he parado a tomar un café.
Y he comprado los décimos en el Ardoi.
Ese sitio donde el abu y yo cenábamos mil veces.
Donde nos tomábamos el vermú.
Donde vivíamos momentos eternos con Miguelito y donde la cuadri siempre tuvo su rincón.
Ahora está todo más complicado y esos ratos se echan de menos.
Pero volverán. Seguro.
He cogido la lotería como siempre, con esa frase que ya sabéis:
“Si no toca dinero, que toque gol.”
Lo importante no es que salga premiada.
Lo importante es que sigamos pudiendo comprar muchas más.
Y que un día, como los que estaban hoy y me han preguntado por el abu, volvamos al Ardoi juntos.
Ese día sí que tocará todo.
Al final, solo queda lo importante
La vida no es perfecta.
A veces aprieta, otras te rompe y otras te recuerda, sin avisar, lo que de verdad importa.
Ayer no fue solo un partido.
Fue un abu en una habitación luchando como siempre.
Fue un hijo a su lado, intentando sostener.
Fue un nieto en la grada, dejándose la garganta.
Tres lugares distintos.
Tres momentos distintos.
Un mismo latido.
Y ahí entendí algo que ojalá no se me olvide:
que lo que permanece no son los resultados, ni los marcadores, ni los enfados, ni las prisas.
Lo que permanece es esto:
estar, acompañar, sentir, transmitir.
Lo que pasa de una generación a otra no es la afición.
Es la forma de vivir.
Es el corazón.
Y yo, después de todo, volviendo a casa con los décimos en el bolsillo y la cabeza llena de imágenes de ayer, pensé lo mismo que pienso ahora mientras escribo:
Qué suerte tengo.
De verdad. Qué suerte.


