Ayer fue Nochebuena.
Y fue distinta.
La cena era a las 19:30. Y sí, llegamos tarde. Como casi siempre. Venía con Patri y había que dar una vuelta antes, organizarlo todo con calma… pero el abu no perdona. Nunca ha perdonado. Y menos un día así. Como hoy, que toca salir a comer. Incombustible.
No hay más que mirar la foto para entenderlo todo. Ocho de la tarde, cenando. Algo que, si lo pienso bien, creo que no había hecho nunca a esa hora. Y mucho menos así. Pero la vida cambia. Y cuando cambia, te coloca donde toca.
Ayer tocaba estar con mi padre en su nueva residencia. El cuerpo físico ya no acompaña como antes y ahora hay que estar de otra manera. Sin prisas, sin exigencias, sin expectativas. Estar. Simplemente estar.
Estuvimos. Acompañamos. Sentimos. Disfrutamos. Nos reímos. Recordamos.
Y en mitad de la cena sonó el teléfono.
Era Nuria, desde Alemania. Estaba allí, cenando con su familia, y llamó para estar. Nada más. Pero nada menos. En cuanto escuchó su voz, al abu se le iluminó la cara. Se le notó. Para él, esa llamada fue el mejor regalo de la noche.
Y ahí pensé que de eso se trata todo.
De devolver, aunque sea en pequeños gestos, todo lo que hemos recibido.
De estar presentes, aunque sea a distancia.
De no fallar cuando toca.
Porque la vida no va solo de estar en los momentos fáciles, en los buenos, en los cómodos. Va, sobre todo, de estar cuando cuesta. De no desaparecer cuando la situación cambia. De seguir al lado cuando ya no todo es como antes.
Ayer, así, fue un momento bonito. Tranquilo. De esos que no hacen ruido pero que se quedan.
Luego llegué a casa. Y vi otra foto.

Una de hace años. En la playa. Con mis hermanas. Con la familia. Riendo, viviendo, sin pensar demasiado. De esas fotos que en su día te parecen normales, casi sin importancia. Y ahí fue cuando me vine abajo.
Porque en esos momentos no eres consciente de nada. Estás ahí, disfrutas, pero no valoras lo que realmente está pasando. No sabes que ese instante, que esa escena tan cotidiana, un día va a doler… y a la vez te va a sostener.
Hoy, con el paso del tiempo, con la vida colocándote en otro sitio, todo se ve distinto. Recuerdas lo que hemos disfrutado. Recuerdas de dónde venimos. Y entiendes que no era solo una foto bonita. Era identidad. Era familia. Era raíz.
Al final, la vida va de eso.
De no olvidar quiénes somos.
De saber de dónde venimos.
Y de intentar transmitirlo a los que vienen detrás, aunque no siempre sepamos cómo hacerlo bien.
Hoy es Navidad. Y cada familia la vive como puede y como le toca. Unos juntos porque la vida se lo permite. Otros de otra manera porque la vida cambia, porque aprieta, porque no siempre decide uno.
Pero lo importante no es cómo se celebra.
Lo importante es recordar.
Recordar lo vivido.
Recordar a los nuestros.
Recordar que estar, acompañar y devolver lo recibido sigue siendo lo esencial.
Hoy más que nunca.
Feliz Navidad.


