Este viernes, 6 de febrero, estuve en una asamblea.
A algunos ya los conocía. A otros no.
Pero eso, sinceramente, a mí no me importa. Es más, casi me gusta. Cada día disfruto más hablando con gente nueva, presentarte, escuchar, intercambiar cuatro palabras. Nunca sabes qué te puede regalar una conversación sencilla.
No pensaba que iba a ser una asamblea tan comprometida.
Se habló de formación, de profesionalidad, de tomarse este oficio en serio. Justino, presidente de la Federación Española del Pavimento de Madera, habló de carnets, de preparación, de exigir nivel para poder llamarte instalador. Y eso dice mucho de un sector: apostar por hacerlo bien.

Pero como casi siempre, lo mejor vino después.
En los cafés.
Ahí, cuando todo se relaja, cuando bajan las formalidades y empiezan las conversaciones de verdad.
Fue entonces cuando uno se me acercó y, con una naturalidad brutal, me dijo algo que me dejó pensando:
“Aquí cada uno tiene su empresa, su manera de trabajar y sus clientes. Podríamos vernos como competencia, claro. Si a uno le dan un proyecto, el otro ya no lo tiene. Pero estamos en ANIP porque queremos ayudarnos, colaborar. Porque entendemos que solos vamos más rápido, pero juntos llegamos más lejos.”
No lo dijo para quedar bien.
Lo dijo desde dentro.
Grande él.
Y grande el mensaje.
Yo siempre observo mucho. Y siempre intento quedarme con lo bueno de cada momento. Es mi manera de vivir. Incluso en los días torcidos, siempre trato de sacar algo positivo.
Y antes de ayer viernes, lo encontré.
Porque más allá de presupuestos, obras y proyectos, lo que vi fue otra cosa: personas. Gente profesional, sí, pero sobre todo gente humana. Personas que saben que hoy un proyecto puede ser para ti y mañana para otro. Que entienden que compartir experiencia suma más que guardársela. Que saben que detrás de cada suelo terminado hay muchas horas, muchas decisiones y mucha responsabilidad.
Eso es lo que me llevé.
Luego ves proyectos acabados, fotos bonitas, resultados finales.
Pero casi nadie ve lo que hay detrás: conversaciones, apoyo, respeto, oficio.
Y eso solo lo vives cuando estás ahí.
Vivimos rodeados de ruido, de comparaciones, de “yo más que tú”. De pensar que todo es una carrera. Y sin embargo, a veces basta un café y una frase sincera para recordarte que se puede trabajar en lo mismo sin pisarse. Que se puede crecer sin empujar al de al lado.
Que colaborar no te quita nada. Te multiplica.
Yo ese viernes aprendí algo muy simple y muy grande:
No se trata de quién gana más proyectos.
Se trata de cómo caminas mientras tanto.
De con quién compartes el camino.
Y de qué tipo de persona decides ser.
Por eso escribo esto.
Porque lo fácil es hablar de resultados.
Lo bonito es hablar de personas.
Y eso, de verdad, es lo que más me gustó.


