Hoy es 6 de enero.
Día de Reyes.
Un día que, aunque pasen los años, sigue teniendo algo especial.
Porque los Reyes no van solo de regalos.
Van de memoria.
De infancia.
De volver a los sitios donde todo empezó.
Hoy ha nevado en Zizur.
De esa nieve que no hace ruido, que cubre sin avisar y lo deja todo en silencio.
Y quizá por eso este día ha tenido algo de cuento.
De cuento de los de verdad.
Esta es la historia de un rosco.
Y de cómo, sin saberlo, se convirtió en mucho más.
Érase una vez… una mesa
Hay lugares que no son solo bares o restaurantes.
Son capítulos de una vida.
El Coliseo de Zizur Mayor es uno de esos sitios.
Comuniones, celebraciones, bodas de oro de los yayos, unos de enero, Reyes…
Años y años sentándonos alrededor de una mesa mientras la vida iba pasando, sin darnos demasiada cuenta.
Un Día de Reyes, hace ya unos cuantos años, después de comer, el abu preguntó algo tan simple como eso:
—¿Hay rosco?
No había. No sabían de la tradición.
Y lo normal habría sido una respuesta educada y ya está.
Pero aquel día no fue normal.
El dueño del Coliseo salió.
Sin prometer nada.
Sin hacer ruido.
Recorrió lo que no está escrito y .. volvió con los roscones.
Comimos.
Nos reímos.
Y el abu, con esa mezcla suya de ironía y ternura, sentenció:
—Esto ya no es rosco… esto es LOSCO.

Desde entonces, cada 6 de enero, el rosco, el losco, apareció en el Coliseo.
Aunque no se pusiera en la carta ni se ofreciera.
Aunque nadie lo pidiera.
Porque alguien decidió acordarse.
Un Reyes distinto
Este año no sabíamos si vendríamos.
Hace un par de meses, comiendo allí, nos preguntaron por la reserva y dijimos la verdad:
“El abu está mal, no sabemos cómo irá todo”.
La vida, cuando se complica, no te deja planificar.
Ayer, 5 de enero, casi a última hora, llamé.
Dije quién era.
Se alegraron.
Nos dijeron que sí.
“Falta el abu, pero aquí tenéis vuestra mesa”.
Hoy, al entrar, no quedaba sitio.
Y aun así, nos hicieron hueco.
Nos preguntaron por él.
Nos abrazaron.
Nos hicieron sentir esperados.
Faltaron los alemanes.
Nuria, Ralf, Erik y Oliver tuvieron que irse un día antes.
La rutina empieza y duele.
Mucho.
No estaban en la mesa, pero estuvieron presentes todo el rato.
En cada comentario.
En cada recuerdo.
En cada silencio.
El regalo que no estaba en la carta
Al terminar, salió el padre de la familia que regenta el Coliseo.
Nos abrazó.
Nos hicimos una foto.
Y entonces apareció su hija con una de esas cámaras que imprimen al momento.
Nos regaló la foto para llevársela al abu.

Insistí en que salieran ellos también.
No quisieron.
Son así.
Sin pedir nada a cambio.
Sin obligación.
Solo por cariño.
Fuimos al hospital.
Le dimos la foto.
El abu la miró.
Se emocionó.
Y encima en compañía de Pachi.

Y dijo algo tan sencillo como enorme:
—Claro que quiero volver.
Y ahí lo entendí todo.
Que este no era un post sobre un restaurante.
Ni siquiera sobre una tradición.
Era un post sobre cómo se hacen las cosas cuando se hacen desde el corazón.
Ellos estaban trabajando.
Y aun así, estaban presentes.
Con una sonrisa.
Con un abrazo.
Con un detalle que nadie exige… pero que nunca se olvida.
El verdadero regalo de Reyes
Este cuento no va de Reyes Magos.
Va de personas.
De acordarse.
De cuidar.
De mimar.
De entender que, al final, lo que queda no es lo que vendes.
Es lo que haces sentir.
Hoy ha nevado y, aun así, he salido a correr.
Una gozada.
Pero el regalo de verdad ya lo teníamos.
Gracias al Coliseo.
A la familia que lo regenta.
Por el losco.
Por la memoria.
Por el cariño.
Porque hay historias que empiezan con un rosco, o con un losco,
y acaban recordándote cómo quieres vivir.
Hoy ha sido un gran Día de Reyes.
Aunque faltara alguien.
O quizá, precisamente por eso.
La foto que acompaña este texto es del año pasado.
Volveremos.
Porque hay mesas que no se abandonan.



