Hay días que no se buscan.
Simplemente llegan.
Ayer fue uno de esos.
Volver a ciertos lugares nunca es fácil. No por nostalgia, sino porque hay sitios donde la vida dejó mucha huella. Donde celebramos momentos importantes, donde compartimos etapas que forman parte de quienes somos hoy. Allí mismo donde años atrás vivimos el bautizo de Andoni, donde tantas manos se cruzaron y donde faltaba alguien muy especial que siempre estará presente en mi recuerdo, la Yaya, cómo disfrutó aquel día con su bisnieto.
Han pasado años.
Y, al cruzar la puerta, todo familiar, como entonces.
Las caras casi las mismas. Nos faltaban dos, los más grandes. Y ese detalle lo dice todo: el tiempo pasa, la vida cambia, pero hay grupos que conservan una esencia que no se rompe. Como dijo ayer «Carcelén» (lo bauticé en Las Palmas saben porqué), hablando desde dentro y sin adornos, soltando puños como verdades: hace doce años pensábamos igual… y hoy seguimos siendo lo mismo. Y ahí está la fuerza.
No fue un día fácil para mi, lo reconozco.
Tampoco fue triste, por favor.
Fue un día intenso.
Porque volver a ciertos lugares remueve recuerdos, conversaciones complicadas. Sin reproches, al revés. Sin forzar nada. Solo aceptando que la vida avanza y que lo importante es seguir compartiendo momentos como el de ayer, con la sensación de que, pese a todo lo vivido, seguimos siendo una piña.
Durante la semana alguien me escribió contándome que se había quedado sin trabajo. Hablamos, compartimos momentos y, como siempre, salió ese impulso de ayudar. Le envié unos vídeos que a mí me sirvieron mucho hace años para mirar la vida desde otro lugar. Y casualidades de la vida, esos mismos vídeos me vinieron a la cabeza justo ayer, al reencontrarme con personas con las que también compartí etapas intensas.
Y en medio de todo apareció Alkate. Así, sin avisar. Vestido de mozorro por carnavales, haciendo de él mismo, como siempre. AKT podría estar contratado para estas cosas… en San Fermín de blanco impoluto, en Halloween con lo que toque, en carnavales disfrazado de lo que sea… y cuando llega el verano, ya sabes: siempre sale el sol. Ese punto de descojono que solo entiende quien lo ha vivido y que nos recordó que incluso en los días intensos también hay espacio para reír.

Y justo ahí vinieron recuerdos compartidos. Aquella visita, aquellas manos agarradas, aquel bautizo… momentos que no hace falta explicar porque todos los que estuvimos sabemos lo que significaron. No estaban todas las personas que estuvieron entonces, nos faltaban dos… pero hay presencias que siguen ahí aunque no se vean.
Ayer no hacía falta explicar nada.
Se dijeron cosas que eran verdad, sin buscarlas. Y quizá eso fue lo más bonito: sentir que todos estábamos bien, que cada uno desde su lugar sigue adelante y que el tiempo, lejos de separarnos, nos ha enseñado a valorar más lo que fuimos y lo que seguimos siendo.
Me quedo con eso.
Con la sensación de grupo.
Con la tranquilidad de saber que hay momentos que no se rompen aunque pasen los años.
Con la idea de que lo importante no es mirar atrás para buscar respuestas… sino mirar alrededor y agradecer quién está hoy.
Ayer, entre abrazos tranquilos y conversaciones sin ruido, hubo quien se acercaba para hablar. Sin preguntas grandes ni explicaciones largas. Porque cuando pasa el tiempo, ya no hace falta decir demasiado: nos conocemos, sabemos cómo somos y eso, al final, es lo que queda
Fue un día intenso, de esos que no se olvidan.
Un día para recordar… pero sobre todo, para agradecer.
Nuestro míster, Josemari, lo dijo claro. Y tenía razón.
Y antes de cerrar, un guiño especial.
A Poke. A Raúl. Un señor dentro y fuera. Gracias por estar, por hacerlo fácil sin hacer ruido. A estas alturas ya no hace falta decir mucho más.



