Llevaba tiempo sin escribir. No por falta de cosas que contar, sino porque cuando la vida aprieta de verdad, el cuerpo no da ni para eso. Pero hoy, no sé cómo, he sacado un rato. Un rato de esos que te nacen, que no se buscan ni se planean. Un rato que te obliga a parar y escribir. No va de postureo, no va de nada bonito, no hay showroom, ni reuniones, ni frases con gancho. Solo esto. Lo que siento. Lo que vivo. Lo que quizá, si tú lo lees, también te llegue.
Han sido meses duros. Muy duros. El abu tropieza, se apaga, sufre. Y no hay tregua. Y no hay consuelo. Pero ahí estamos. Cada día. Sin aplausos. Sin horarios. Sin héroes. Solo nosotros. Patri, Nuria, yo. Y sobre todo él, aguantando como puede. Como quiere. Como sabe. Porque no se trata de devolver lo que hicieron por ti, que sería imposible, sino de estar a la altura. Al menos intentarlo.
Esta noche fue otra de esas. Otro susto. Otro tropiezo, nunca mejor dicho. Urgencias. Ambulancia. Pruebas. Espera. Más pruebas. Y mientras tanto yo… yo observo. Me gusta observar. Me ayuda. Me recoloca. Me sacude. Vi a una familia rota, esperando si su ser querido reaccionaba. Vi a un hombre escoltado por dos policías, desatado, gritando como si el alma se le rompiera por dentro. Vi a sanitarios correr. A enfermeras contener lágrimas. Y vi a una enfermera, de madrugada, sacando a un paciente de la ambulancia, con una sonrisa. Le pregunté cómo lo llevaba y me contestó: “Ahora empieza la fiesta, es sábado noche… pero me gusta mi trabajo”. Y ahí me deshice. Porque mientras yo pensaba en dormir una hora para ir a jugar luego con Boscos, ella se preparaba para lo que viniera, sin quejarse, sin pedir nada. Solo con ganas de ayudar.
Y en ese momento pensé en tantas cosas. En que hay quien se queja porque no ha dormido bien, o porque el lunes pesa. Y otros lloran en un pasillo esperando noticias que no llegan. Pensé en lo que tenemos, y en lo poco que lo valoramos. Y pensé también en Josema. Porque hoy es su cumpleaños. Y porque hace nada perdió a su padre, Manolo. Fue rápido, fue duro, fue de esos golpes que no te avisan. Yo no estuve. Me pilló fuera, enredado en temas de trabajo. Pero me acuerdo de él. De ellos. De mi padre, que también lo sintió. Y de lo que hablamos hoy: lo que nos une es esto. Acompañar hasta el final. No huir. Estar. Porque eso es lo que nos hace humanos. Eso es lo que queda.
Por eso hoy, que no tenía foto, pongo esta. La de Es Vedrà, Ibiza. Porque no va de enseñar. Va de sentir. No va de contar que fui al hospital y volví. Va de decir que cada vez que pasas por ahí, algo dentro se te remueve. Que la vida es esto: tropiezos, aprendizajes, abrazos, silencios. Y que cuando alguien te dice “me gusta mi trabajo” con un brillo en los ojos mientras el caos explota a su alrededor, tú solo puedes volver a casa, arropando al abu, y darte cuenta de que, aunque duela, estás donde tienes que estar.
Y que escribir esto, hoy, es mi forma de no olvidarlo. De quedármelo para siempre. De que, si alguien llega hasta aquí, también se lo lleve. Como una botella lanzada al mar, con un mensaje claro:
Valora. Siente. Acompaña. Vive.
Y a ti, Josema… feliz cumpleaños. Sé que no está. Pero estamos nosotros. Y eso, en días como hoy, es lo único que importa.


