Esta semana no ha sido fácil.
De esas que te recolocan por dentro sin pedir permiso.
El abu ha tenido que cambiar de sitio, de rutina, de vida. Nadie elige eso porque quiere, se elige porque no queda otra y porque quieres lo mejor, aunque duela. Han sido días intensos, de cabeza llena y corazón apretado. De acompañar, de adaptarse y de aprender, una vez más, que la vida a veces aprieta sin avisar.
Y aun así, el fin de semana ha seguido su curso.
Partidos por todos lados.
Boscos.
Maialen.
Andoni en Puente la Reina.
Deporte, compañerismo, valores, rutinas que oxigenan. Ver a estos trastes hacer lo que tú has hecho toda la vida y sentir que, sin darte cuenta, algo has hecho bien. El deporte como excusa para juntarse, para aprender a perder, a ganar, a respetar, a compartir vestuario y esfuerzo.
Y entre partido y partido, entre coche y coche, entre pensamientos que van y vienen, me he vuelto a dar cuenta de algo que llevo tiempo sintiendo.
No somos los mismos según con quién estemos
Las personas no somos iguales en todos los contextos.
Actuamos, pensamos y sentimos según con quién nos juntamos.
No es lo mismo estar rodeado de gente que te empuja a ser mejor, que de gente instalada en la queja.
No es lo mismo compartir tiempo con quien te escucha, que con quien te envenena sin darse cuenta.
No es lo mismo estar con quien te suma, que con quien te apaga poco a poco.
Y esto no va de señalar a nadie. Va de mirarte con honestidad.
Cuando estás débil, es cuando más cuidado hay que tener
Cuando estás fuerte, lo ves claro.
Tienes criterio, energía, límites.
Pero cuando estás cansado, tocado o vulnerable, ahí está el peligro.
Porque bajas la guardia.
Porque escuchas más de la cuenta.
Porque te dejas llevar.
No todo el que opina te ayuda.
No todo el que habla sabe.
No todo el que está cerca te cuida, aunque no lo haga con mala intención.
Hay personas que normalizan el malestar.
Que te empujan a una forma de ver la vida que no es la tuya.
Que te hacen dudar de lo que sabes que está bien para ti.
Que te restan cuando más necesitas sumar.
Y con el tiempo entiendes que eso también se nota en los días importantes. En cómo se está, en cómo se acompaña, en cómo se vive el momento.
Estar, sin más
Hoy, ver al abu rodeado de todos, ha sido uno de esos momentos.
No ha hecho falta decir nada.
Solo estar.
Estar juntos.
Estar cerca.
Estar como se puede, que a veces ya es mucho.
Y ahí entiendes que no todo el mundo sabe estar así. Que no todo el mundo suma cuando no hay nada que arreglar. Que rodearte bien no es casualidad, es una elección.
Al final, todo se reduce a esto
La vida no va solo de lo que te pasa, sino de con quién lo atraviesas.
De quién se sienta a tu lado cuando no hay soluciones rápidas.
De quién aporta calma en lugar de ruido.
De quién te deja ser tú, incluso en los días torcidos.
No escribo esto para dar lecciones.
Lo escribo para recordármelo a mí mismo.
Que elegir bien con quién compartes tiempo, conversaciones y silencios es una forma de cuidarte.
Que tener personalidad también es saber decir “esto no”.
Y que rodearte de gente que te suma, sobre todo cuando estás cansado, es una de las decisiones más importantes que tomas en la vida.
Porque ahí, justo ahí, es donde se ve todo.


