Esta semana ha sido rara.
De lluvia y mucha.
De mil cosas.
De cabeza llena.
Semana de esas en las que tiras para adelante sin hacer ruido, pero por dentro vas recolocando cosas.
Y encima empezó el efecto dominó: primero uno del grupo dijo que le dolía la tripa… y al final hemos estado medio equipo tocados. Vete a saber si fue el ajoarriero, los pastelitos del cumple o simplemente la vida recordándote que no mandas tanto como crees. Cosas normales. De domingo.
Hoy no ha habido Boscos. Hoy, domingo, 1 de febrero, es el cumple de Nico, partidazo el suyo.
Y curiosamente, otra vez comemos en casa.
Casualidades.
Café, silencio, casa tranquila.
Y en medio de todo eso vi un vídeo.
Un tipo escalando un rascacielos a dos manos. Sin cuerdas. Sin red. Metros y metros hacia arriba. Cámaras, helicópteros, móviles apuntando al cielo. Todo el mundo mirando.
Me quito el sombrero.
Eso es coraje.
Pero lo que más me llamó la atención no fue él.
Fue todo lo demás.
El circo.
El sensacionalismo.
La cantidad de gente esperando el desenlace.

Si llega arriba, es un héroe.
Si se cae, estaba loco.
Así de rápido cambiamos el relato.
Qué fácil es mirar desde abajo.
Qué fácil es opinar cuando el que se la juega es otro.
Porque los de abajo no sienten el vértigo.
No sienten el pulso acelerado.
No sienten lo que cuesta cada metro.
Solo miran. Graban. Juzgan.
Y pensé: esto es la vida.
Un día haces algo y te aplauden.
Otro día haces lo mismo y te señalan.
Depende del resultado.
Depende del titular.
Depende de quién cuente la historia.
Y mientras tanto, el que está ahí arriba sigue subiendo.
Sin garantías.
Con miedo, seguramente.
Pero sigue.
Ahí está el verdadero coraje.
No en llegar.
En continuar.
Y ahí me di cuenta de otra cosa:
hablamos demasiado de los demás,
opinamos con demasiada alegría,
y pensamos muy poco en lo que está viviendo cada persona por dentro.
Porque nadie sabe qué le toca a cada uno.
Nadie sabe qué está intentando sostener.
Nadie sabe cuántas noches cuesta mantener la calma.
Por eso, cuando vienen cambios, cuando el suelo se mueve, cuando la vida aprieta, hay algo que para mí es sagrado:
seguir con dignidad.
Sin explicar de más.
Sin entrar al barro.
Sin dejar que el ruido te cambie.
Con calma.
Con coraje.
Con la cabeza alta.
Porque el aplauso va y viene.
Lo único que queda es cómo caminas tú mientras tanto.
Y cómo sigues… aunque no te apetezca nada.
Que hablen.
Tú sigue.
Al final, la vida no la narran los de abajo.
La vive el que sube.



