Hay canciones que llevas contigo toda la vida.
De las que han sonado en el coche, en fiestas, en días buenos… y en otros no tanto.
Canciones que no solo escuchas, sino que acabas viviendo.
Con él me pasó algo distinto.
Un día, sin pensarlo demasiado, hice lo que hago todos los días: coger el teléfono y llamar. Sin saber muy bien qué iba a salir de ahí. Sin un plan perfecto. Solo con una idea en la cabeza y esa sensación de que, si no lo haces, ya tienes el “no” asegurado.
Y me abrió la puerta de su casa, en la Txan.
Así, tal cual.
Él y su mujer —su socia, como él la llama—. Sin filtros, sin distancia, sin esa barrera que muchas veces uno se imagina cuando habla de alguien a quien ha admirado tanto tiempo. Me hicieron sentir como si nos conociéramos de antes, como si aquello no fuera la primera vez.
Recuerdo bajar al estudio que tiene en casa. Ese sitio donde ensaya, donde crea, donde han salido tantas canciones que he cantado durante años. Y pensar: “no puede ser que esté aquí, justo aquí, hablando de esto”.
Porque no era una visita cualquiera. Le estaba proponiendo irse a Nicaragua, a montar un proyecto social, una escuela de música en un sitio donde hacía falta mucho más que canciones.
La versión de «Rojo», no podía ser otra.
Y me dijo que sí.
Así de sencillo.
“¿Cuándo vamos?”

Hay momentos que no se olvidan porque no necesitan nada más.
Luego vino todo lo demás. Él sí fue. Yo, por trabajo, no pude. Y recuerdo perfectamente el día que volvió y me llamó desde Barajas. Antes de coger el teléfono pensé: a ver qué me dice, a ver si ha merecido la pena.
“Diego, es la hoossssstia”, como siempre dice.
Y ya está.
No hacía falta ninguna explicación más.
A partir de ahí vinieron encuentros, momentos compartidos, verle en contextos muy distintos y comprobar que siempre era el mismo. En un escenario, en un evento, en un palco, delante de quien fuera. Sin cambiar una coma.
Hace poco me lo encontré por Pamplona. Paramos, hablamos, nos hicimos una foto y, sin necesidad de decir demasiado, volvieron todos esos recuerdos. No desde la nostalgia, sino desde ese sitio en el que entiendes que la vida va cambiando para todos, que cada uno lleva lo suyo, aunque desde fuera muchas veces parezca otra cosa.

También vi su película con Alfredo y la Koldo, y salí removido. Porque detrás de todo lo que ves desde fuera, hay vida. De la de verdad. De la que sube y baja. De la que a veces se ve en blanco… y otras en negro.
Y aunque no estaba, me acordé de Kosko. El fan número uno. De los de siempre, de los que no fallan. De los que sienten cada canción como si fuera suya desde el primer día.
Este fin de semana volví a verle en directo. Y fue extraño, en el buen sentido. Porque sonaban canciones de hace unos cuántos años y, sin embargo, todo seguía teniendo sentido. La energía, la forma de estar, la conexión con la gente… no era nostalgia, era presente.
Y en medio de todo eso pasó algo que no se busca.
El batería lanzó una baqueta.
Y cayó en mis manos.
Así, sin más.
Y me hizo pensar que la vida es un poco eso.
A veces no sabes qué hacer contigo.
A veces te sientes como en un barrio conflictivo.
O te toca vivir momentos en los que están todos mirando.
Y ahí estás.
Aguantando.
Tirando.
Sin tregua.
Porque hay días de ruido. Mucho ruido.
Y otros en los que todo se apaga y lo ves distinto.
En blanco y negro.
Pero sigues.
Porque si algo he aprendido de todo esto, de él, de la vida, de los años… es que no se trata de entenderlo todo.
Se trata de no rendirse.
De seguir aunque no lo tengas claro.
De no bajarte del escenario.
Aunque a veces la vida apriete como una silla eléctrica.
Aunque te sientas fuera de sitio, como una oveja negra.
Porque al final…
siempre llega ese momento.
Ese en el que todo vuelve a encajar.
Ese en el que, sin darte cuenta, vuelves a estar dentro.
Dentro de ti.
Dentro de la vida.
Y entonces sí.
Entonces suena.
Y cuando suena…
llega la hora del carnaval.



