Ayer vi un estado.
Uno más, de esos que pasan rápido… pero este no.
Decía algo así como que, cuando todo faltaba, aún quedaba algo intacto dentro de ti: la fe. Que no hacían falta respuestas ni caminos claros, solo confiar.
Y me paró.
Porque avanzar cuando todo encaja es fácil. Cuando tienes certezas, cuando ves el camino, cuando todo parece estar en su sitio. Pero eso no tiene mérito. Lo complicado es seguir cuando no tienes garantías, cuando las dudas pesan más que las respuestas y cuando no ves claro el siguiente paso.
Ahí es donde realmente se ve todo.
No va de tenerlo todo controlado.
Va de no soltarte cuando podrías hacerlo.
De seguir, aunque no lo veas claro.
Porque hay una fuerza que no se ve, que no hace ruido, que nadie aplaude… pero que es la que marca la diferencia. Esa que te mantiene en pie cuando lo fácil sería parar. Esa que te empuja sin necesidad de explicarse.
Y con el tiempo entiendes algo muy simple.
Que no hacía falta tenerlo todo claro.
Que no hacía falta tener todas las respuestas.
Que bastaba con no dejar de creer.
Y ahí es donde cambia todo.
Porque cuando decides seguir incluso así, cuando no tienes todas contigo y aun así no sueltas… empiezan a pasar cosas. No siempre como esperas, pero sí como necesitas.
Y eso no es casualidad.
Es lo que pasa cuando, aun sin verlo claro, decides no soltar… y sigues.


