Hay noches que no necesitan hacer ruido para quedarse a vivir dentro de uno.
Esta es una de ellas.
Son las diez de la noche del 5 de julio y Pamplona ya ha dejado de ser una ciudad cualquiera. Todavía no ha explotado el cohete, todavía no nos hemos puesto el pañuelo, pero basta con salir un momento a la calle para sentir que algo está cambiando. Hay una emoción que no se puede explicar. Se respira. Se contagia. Se lleva dentro.
Llevamos semanas diciendo «ya falta menos» y, sin embargo, esta noche me he dado cuenta de que llevamos toda la vida diciéndolo sin entender realmente lo que significan esas tres palabras.
Porque nunca hablaron solo de San Fermín.
Hablaban de volver.
De volver a encontrarnos con una parte de nosotros que sigue intacta aunque hayan pasado casi cuarenta años.
Mientras escribo esto me vienen recuerdos desordenados, como llegan siempre los recuerdos que merecen la pena. Aquellas tardes preparando la sangría en la Plaza del Castillo, las barracas, los toros, las cenas que cada madre organizaba en una casa distinta, el Evaristo, los toros, las Dianas, el baile de la Alpargata, acabar almorzando en el Garre cuando media Pamplona ya estaba pensando en levantarse y nosotros convencidos de que al día todavía le quedaba algo diferente.
Entonces creíamos que aquello era lo normal.
Qué poco sabíamos.
No imaginábamos que un día serían precisamente esos recuerdos los que nos harían sonreír un cinco de julio por la noche.
La vida hizo lo que tenía que hacer. Nos fue llevando por caminos distintos, llegaron los trabajos, las familias y las responsabilidades. Es verdad que ya no vivimos aquellos Sanfermines de veinte años, pero hay cosas que nunca cambian. La cuadrilla sigue ahí. Algunos se ven más, otros aparecemos menos, pero cuando llega este momento del año da igual el tiempo que haya pasado. Basta un abrazo para sentir que nunca nos hemos ido del todo.
Y mañana volverá a llegar ese momento.
Bastará un abrazo.
Una mirada.
Una palmada en la espalda.
Alguien dirá la primera tontería antes incluso del primer pote.
Otro aparecerá tarde, como siempre, o el que no debía…
Unos que si ruta Maki-Manuniana, otros que si al Bodegas, da igual, nos reiremos y pasaremos igual.
Caerá alguna Kabirra, de esas que saben mejor porque no celebran una cerveza, celebran un reencuentro.
Y entonces, sin que nadie lo diga, volveremos a ser los mismos chavales que hace tantos años pensaban que la juventud duraría para siempre.
Quizá por eso sigo sintiendo hoy el mismo cosquilleo que sentía cuando tenía veinte años.
Porque ya no espero San Fermín únicamente por la fiesta.
Lo espero por todo aquello que me devuelve.
Me devuelve a quienes fuimos.
Me recuerda de dónde vengo.
Y me hace comprender que la verdadera riqueza nunca ha sido todo lo que hemos vivido durante estos años.
La verdadera riqueza ha sido llegar hasta aquí y poder seguir teniendo las ganas de seguir viviéndolo juntos.
Eso es lo que celebramos mañana.
No un chupinazo.
No nueve días de fiesta.
Celebramos que seguimos teniendo un lugar al que volver y unas personas con las que el tiempo ha demostrado que la amistad no se mide por las veces que uno se ve, sino por la emoción que siente cuando vuelve a encontrarlas.
Así que sí.
Ya falta menos.
Pero no para que empiece San Fermín.
Ya falta menos para volver.


