Últimamente me he dado cuenta de una pequeña cosa que, cuanto más la pienso, más curiosa me parece.
Estamos acostumbrados a preguntar cuando alguien está mal, a interesarnos cuando sabemos que tiene un problema y a intentar estar cerca cuando vienen mal dadas. Y menos mal.
Pero hay otra parte de la amistad de la que quizá hablamos bastante menos: qué hacemos cuando al otro le va bien.
Cuando está feliz, cuando disfruta, cuando consigue algo o simplemente está viviendo uno de esos momentos que apetece compartir.
Y ahí, algunas veces…
Cri, cri, cri…
Puede parecer una tontería, pero vivimos más conectados que nunca y sabemos casi al instante dónde están nuestros amigos, qué hacen, qué celebran o qué les hace ilusión. Quizá precisamente por eso nos hemos acostumbrado tanto a verlo todo que cada vez expresamos menos lo que sentimos.
Y creo que merece la pena pensarlo.
Porque alegrarse de verdad por la felicidad de otro también es una forma de querer.
No hace falta escribir un discurso ni celebrar cada cosa como si fuera nuestra. A veces basta con un «qué guay», un «disfrútalo» o un «me alegro por ti». Algo sencillo que haga saber al otro que te alegra verlo bien.
Y cuanto más lo pienso, menos tiene que ver todo esto con contestar o no contestar un mensaje. Va de algo bastante más sencillo: de nuestra capacidad para celebrar los buenos momentos de los demás y, de vez en cuando, hacérselo saber.
Nos han enseñado mucho a acompañar cuando las cosas vienen mal, a preocuparnos, a estar cerca y a echar una mano cuando alguien lo necesita. Y todo eso es importantísimo.
Pero quizá hablamos bastante menos de algo igualmente importante: aprender a disfrutar también de las buenas noticias de los demás.
Sin compararnos, sin buscarle tres pies al gato y sin necesidad de entender por qué aquello hace tan feliz al otro. Simplemente alegrándonos.
Porque estar al lado de alguien cuando atraviesa un mal momento es importante, pero saber disfrutar también de su felicidad, sin esperar absolutamente nada a cambio, dice mucho de una amistad.
Al final, cuando alguien comparte contigo una foto, una buena noticia o un pequeño momento de felicidad, seguramente no está buscando un aplauso. Simplemente estaba disfrutando, se acordó de ti y quiso compartirlo.
Y eso, pensándolo bien, es bastante bonito.
Así que a veces basta con:
«Qué guay. Disfrútalo».
Porque la felicidad de los demás también se celebra.
Y así, de paso, dejamos algún…
Cri, cri, cri…
para los grillos.


