Hoy, 14 de julio, terminan los Sanfermines. Se guardan los pañuelos, vuelven las rutinas y Pamplona empieza poco a poco a recuperar ese silencio que durante nueve días parece imposible. Siempre me pasa lo mismo. Cuando todo termina, no pienso en los encierros, ni en las peñas, ni en las pocas horas dormidas. Pienso en las personas. Porque con los años uno descubre que las fiestas pasan, pero las personas son las que realmente permanecen.
Y estos Sanfermines me han vuelto a regalar una de esas personas que forman parte de mi historia.
Txuma Zabalza.
Compartimos ocho años en el colegio Los Paules. Ocho años creciendo juntos, haciendo trastadas, riéndonos por cualquier tontería y creyendo que aquello iba a durar para siempre. Después llegó aquel año en BUP Leyre. Solo fue uno, pero nos marcó. Luego la vida hizo lo que suele hacer con todos. Cada uno siguió su camino, llegaron los trabajos, las familias, las responsabilidades y el tiempo empezó a correr mucho más deprisa de lo que nos hubiera gustado.
Pero hay amistades que nunca necesitan marcharse. Aunque pasen meses o años sin verse, siguen exactamente donde las dejaste: en el mismo sitio del corazón.
Y la vida, que tiene una forma muy curiosa de cerrar los círculos, volvió a hacer de las suyas. Hace muchos años apareció Miguelito en mi camino, una de esas personas que también llegan para quedarse. Lo que nunca imaginé es que acabaría siendo vecino de Txuma y uno de sus grandes amigos. Gracias a él volvimos a compartir una mesa en San Fermín. A veces pensamos que las personas llegan a nuestra vida para ocupar un sitio, pero algunas llegan también para devolverte otras que nunca debieron marcharse.
Muchos pensarán que lo que hace especial a Txuma es el acordeón.
Se equivocan.
El acordeón solo pone música a algo que él ya lleva dentro.
Porque Txuma tiene un don que muy poca gente posee. Allí donde está, el ambiente cambia. No porque haga más ruido que nadie, sino porque transmite alegría, reparte generosidad sin darse cuenta y tiene esa capacidad tan rara de conseguir que todos los que están a su alrededor se sientan un poco mejor. En el grupo de WhatsApp del BUP Leyre, es el que anima, el que organiza, el que hace que una sobremesa nunca termine del todo. Hay gente que interpreta canciones. Él interpreta la vida de una manera que contagia. En Xuberoa, ni te imaginas. Y eso vale muchísimo más.
Pero si hay algo que todavía admiro más de él, es que también aparece cuando la vida deja de sonreír.
Todavía recuerdo un mensaje suyo en uno de esos momentos que ninguno elegimos vivir. No hacía falta escribir mucho. Bastaba con saber que estaba ahí. Con los años he aprendido que la amistad de verdad no consiste en verse todos los fines de semana. Consiste en no tener ninguna duda de quién aparecerá cuando haga falta.
Mientras nos hacíamos la foto pensé que, quizá, esa sea la verdadera magia de San Fermín. No son solo nueve días de fiesta. Es la oportunidad que nos regala la vida de volver a abrazar a personas que forman parte de tu historia y comprobar que, aunque el tiempo pase, algunas permanecen exactamente donde las dejaste.
Hoy termina San Fermín.
Mañana volveremos todos a nuestras vidas.
Y mientras volvía a casa pensaba que quizá esa sea la verdadera suerte. No la que se mide en dinero, ni en éxitos, ni en todo aquello que perseguimos durante media vida. La verdadera suerte consiste en mirar atrás y descubrir que todavía quedan personas como Txuma, capaces de abrazarte exactamente igual que cuando tenías diez años.
Y, por si fuera poco, la vida tiene la bonita costumbre de cruzarte con personas como Miguelito, que sin saberlo vuelven a abrir puertas que el tiempo parecía haber cerrado.
Al final, eso es la amistad.
No la que necesita explicaciones.
Ni la que vive pendiente del reloj.
Sino la que, por muchos años que pasen, sigue haciéndote sentir que estás en casa.
Gracias, Txuma.
Y gracias, Miguelito, por volver a juntar dos historias que nunca dejaron de ser una.



