Quizá las segundas partes sí pueden ser las mejores

Picture of Diego Maquirriain

Diego Maquirriain

Inspira, lidera y transforma con cada acción. 🚀 more

Tabla de contenido

Siempre hemos escuchado esa frase de que las segundas partes nunca fueron buenas. En el fútbol, en la vida, en relaciones, en casi todo. La repetimos tanto que casi la damos por cierta, como si después de una mala etapa, de una caída o de un golpe fuerte, lo único que quedara fuera aprender a convivir con lo perdido.

Y, sin embargo, cada vez creo menos en eso.

Hoy no ha sido un día cualquiera. Desde fuera podía parecer una comida familiar más, unas horas juntos, unas risas, una sobremesa larga. Pero cuando vienes de meses duros, de esos en los que la cabeza y el corazón han estado más veces en un sitio que en otro, ya no vives los momentos igual. Aprendes a valorar detalles que antes habrían pasado desapercibidos.

Y hoy, mirando a mi padre, he entendido muchas cosas.

Si echo la vista atrás y pienso en diciembre, o en tantos momentos de estos últimos meses, la realidad era muy distinta. Fueron meses duros, de incertidumbre, de preocupación y de silencios que pesaban mucho. Meses en los que por fuera intentas mantener la calma, pero por dentro sabes perfectamente lo que llevas encima.

Por eso verle hoy así me ha tocado.

Porque hoy he visto a mi padre siendo él. Con ganas de ir a misa, con ganas de salir, con ganas de comer juntos, con ganas de seguir haciendo planes. Cantando. Empujando. Transmitiendo.

Viviendo.

Y ahí me he dado cuenta de algo muy grande.

La actitud lo cambia todo.

Hoy además estaba feliz, y bien rodeado. Entre el arzobispo y el párroco de la residencia, sinceramente no sé cuál de los tres era más santo. Pero bromas aparte, verle así, con esa paz y con esa alegría, emociona.

Porque cuando una persona ha estado tan cerca de mirar la vida desde otro lugar y aun así decide agarrarse a ella con esa fuerza, entiendes que la verdadera fortaleza no está en el cuerpo. Está en la cabeza. Está en el corazón. Está en la forma de elegir vivir.

Y ese aprendizaje va mucho más allá de él.

Porque al final todos estamos librando batallas. También pienso en Nuria, aunque hoy estuviera lejos, en Alemania, pero en poco vendrá. También pienso en Patri, porque cada uno pelea sus guerras por dentro, aunque muchas veces desde fuera no se vean. Y todos, de una manera o de otra, necesitamos o queremos una segunda oportunidad.

Con la vida.

Con otras personas.

O con nosotros mismos.

Quizá de eso va todo.

De entender que una mala etapa no define tu historia. De no quedarte atrapado en lo que dolió, en lo que salió mal o en lo que perdiste. De aceptar que la vida golpea, sí, pero también sorprende.

Y muchas veces lo hace sin hacer ruido.

Poco a poco.

Casi sin avisar.

Hasta que un día te das cuenta de que algo dentro de ti ha cambiado. Respiras distinto. Miras distinto. Sientes distinto.

Y vuelves a creer.

Porque la vida, cuando quiere, también sabe recolocar piezas de una forma extraña y maravillosa. A veces incluso aparece una conversación, una sonrisa, una energía bonita o una calma inesperada que te hace entender que todavía quedan capítulos muy buenos por escribir.

Y eso, llegado el momento, también habrá que saber celebrarlo.

Seguro que con una buena Kabirra en el Patxi.

Hoy me quedo con una certeza.

Nunca des tu historia por terminada antes de tiempo.

Nunca pienses que lo mejor ya pasó.

Porque a veces, justo cuando crees que todo se ha torcido demasiado, la vida todavía te está preparando algo muy bueno.

Quizá incluso lo mejor.

Sobre el autor

Diego Maquirriain

No soy gurú.
No vendo humo.
Solo pongo en palabras lo que vivo.

Si algo de esto te resuena, bienvenido.

Mi historia completa está arriba.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *